Rick estaba hablando cuando oyó el ruido.
Se giró justo a tiempo para ver a Víctor en la puerta.
—¿Qué haces aquí? —preguntó, sorprendido.
Víctor levantó las manos.
—He venido a arreglar algo.
Rick miró a Carlos. Luego a Víctor.
—No es asunto tuyo.
Víctor avanzó un paso.
—Es mi hijo.
Rick se tensó.
—Tu hijo mató a Ana.
Víctor negó despacio.
—No.
Rick sonrió con cansancio.
—Siempre protegiendo, ¿no?
Víctor miró a Carlos. Lo vio más delgado. Más apagado. Atado, pero entero. Y algo se rompió dentro de él.
—No he venido a protegerlo —dijo—. He venido a sacarlo de aquí.
Rick dio un paso atrás, incrédulo.
—¿Sabes lo que dices?
Víctor avanzó otro paso.
—Sí.
Rick reaccionó tarde.
Cuando quiso sacar el arma, Víctor ya estaba encima de él. No fue una pelea larga. No fue limpia. Fue torpe. Desesperada. Dos hombres cansados chocando con demasiadas cosas pendientes.
El disparo sonó seco.
Rick cayó hacia atrás, con los ojos abiertos, sorprendido. No por el dolor. Por la ironía.
Víctor se quedó inmóvil unos segundos, respirando con dificultad. Luego se giró hacia Carlos.
—Perdóname —dijo.
Carlos no respondió. No sabía cómo.
Víctor le desató las manos con torpeza.
—No supe hacerlo mejor —añadió—. Nunca supe.
Carlos se levantó, temblando.
—Váyase —dijo—. Ahora.
Víctor asintió. Por primera vez, obedeció sin discutir.
Cuando se fue, dejó atrás el arma y el cuerpo.