El tiempo se volvió espeso.
Rick volvía cada día. Siempre a la misma hora —o eso parecía—. Le llevaba agua. Algo de comida. Le hablaba. A veces durante horas. A veces apenas unas frases.
Nunca lo tocó.
Eso, para Carlos, era peor que el dolor físico. La espera. La observación. La sensación de estar siendo estudiado como un objeto defectuoso.
—¿Por qué mirabas? —preguntaba Rick.
—Porque no sabía acercarme.
—¿Y por qué no te alejaste?
Carlos no tenía una respuesta clara.
—Porque mirar no parecía peligroso.
Rick asentía, como si aquello confirmara algo.
—¿Y cuándo empezó a serlo?
Carlos levantó la vista.
—Cuando alguien decidió que lo era.
Rick se quedaba en silencio entonces. Se iba sin despedirse.
Carlos empezó a dudar de sí mismo. No de los hechos, sino de su capacidad para explicarlos. Tal vez siempre había sido raro. Tal vez había algo torcido en él que no sabía ver.
Por primera vez, pensó que quizá merecía estar allí.
No por lo que había hecho.
Por lo que era incapaz de ser.