Rick eligió un bar casi vacío, cerca de la comisaría. No por discreción, sino por costumbre. Era uno de esos lugares donde nadie escucha porque nadie espera nada interesante. Mesas pegajosas, luz amarilla, una televisión encendida sin sonido.
Carlos llegó puntual. Demasiado.
Se quedó de pie unos segundos en la entrada, como si no supiera si aquello era un lugar al que se entraba o se soportaba. Rick lo vio desde el fondo y levantó una mano apenas.
Carlos se sentó frente a él. No pidió nada.
Rick lo observó con atención, como si aquella fuera la primera vez que lo veía de verdad. Sin el marco del piso. Sin la muerte flotando alrededor. Solo un hombre delgado, rígido, con los hombros ligeramente encogidos.
—Gracias por venir —dijo Rick.
Carlos asintió.
—Dijo que quería hablar.
Rick apoyó los codos en la mesa.
—Vivías con Ana.
—Sí.
—Antes la observabas.
Carlos levantó la mirada.
—No.
Rick sostuvo el silencio unos segundos, esperando que algo más saliera solo. Nada.
—Un testigo dice que sí.
Carlos sintió un golpe seco en el pecho.
—Yo no… —empezó—. Yo la ayudaba. Arreglaba cosas.
—¿Desde la ventana? —preguntó Rick, sin elevar la voz.
Carlos apretó los labios. Notó cómo el calor le subía al cuello, a las orejas. No era culpa. Era vergüenza. Y miedo.
—A veces miraba —admitió—. Pero no hacía nada.
Rick inclinó la cabeza, como si aquel matiz no importara demasiado.
—¿Qué mirabas?
Carlos tardó en responder.
—Que estaba bien.
Rick frunció el ceño.
—Eso no responde a la pregunta.
Carlos bajó la vista a la mesa.
—No sabía cómo hablar con ella —dijo—. Mirar era… más fácil.
Rick sintió una punzada. No de empatía. De irritación.
—¿Te parecía normal?
Carlos alzó la mirada otra vez. Esta vez sostuvo los ojos de Rick un segundo más.