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El asesino

Cap. 8 — SOSPECHA
Rick no volvió directamente a la comisaría.
Condujo sin rumbo durante un rato, dejando que la ciudad pasara a los lados como un decorado mal iluminado. Los semáforos, las rotondas, los peatones que cruzaban sin saber que acababan de sobrevivir a otra noche más. Todo seguía igual. Y eso lo irritaba.
Pensaba en Carlos.
En su forma de estar quieto.
En la mirada baja.
En esa ausencia de reacción que no sabía colocar.
Rick había interrogado a mucha gente a lo largo de los años. Sabía que no todos lloraban. Sabía que el shock adoptaba formas distintas. Pero también sabía —o creía saber— cuándo algo no encajaba.
Y Carlos no encajaba.
No porque pareciera culpable.
Sino porque parecía vacío.
Rick necesitaba llenar ese vacío con algo comprensible.
En la comisaría, el informe de Antonio estaba sobre la mesa cuando volvió. Rick lo leyó despacio, dos veces. Cada línea añadía una capa nueva a la imagen que ya estaba construyendo.
Lo miraba.
Desde la ventana.
Muchas veces.
Rick cerró el expediente y apoyó la espalda en la silla. Miró al techo.
No era una prueba.
Pero era una historia.
Y las historias eran peligrosas porque, cuando empezaban a tener sentido, dejaban de necesitar pruebas.
Carlos pasó la noche sin dormir.
No por la imagen del cuerpo.
No por la sangre que no había visto.
Por la idea de que alguien había entrado en su vida y había arrancado algo sin avisar.
Se levantó varias veces. Fue a la cocina. Al baño. Volvió al sofá. Cada habitación parecía distinta sin Ana. Más grande. Más hueca.
A ratos pensaba que todo era un error. Que Ana llamaría en cualquier momento para decir que la habían confundido. A ratos, la certeza lo golpeaba con una claridad brutal.
Está muerta.
No lloró.