Antonio salió a la calle sin chaqueta. El aire frío le golpeó la cara, pero no lo sintió. Caminó rápido, sin una dirección clara durante los primeros metros, hasta que el hábito lo llevó hacia la comisaría.
No pensaba en Carlos como en una persona. Pensaba en él como en una imagen.
La imagen de un hombre quieto, mirando por una ventana, mientras el resto del mundo seguía moviéndose. La imagen de alguien que no encajaba del todo. Eso, para Antonio, siempre había sido suficiente para mantener la distancia. Ahora, esa misma imagen empezaba a reorganizarse en algo más peligroso.
No quería acusar a nadie. Se repetía eso mientras caminaba. No quería cargar con nada que no fuera suyo. Solo quería contar lo que había visto. Que otros decidieran.
Pero en el fondo sabía que contar también era decidir.
Carlos seguía sentado en el sofá, a oscuras.
El móvil estaba sobre la mesa. No había vibrado. No había sonado. El silencio se había vuelto denso, casi material, como si pudiera tocarlo.
Se levantó y fue hasta la cocina. Abrió el grifo, dejó correr el agua unos segundos y volvió a cerrarlo. El sonido le había servido para comprobar que el mundo seguía funcionando.
Volvió al salón.
Encendió la televisión sin saber por qué.
La imagen apareció de inmediato: luces azules, un portal acordonado, un rostro serio hablando a cámara. Carlos tardó unos segundos en reconocer el edificio. Cuando lo hizo, sintió un vacío brusco en el estómago.
No, pensó.
El presentador continuó hablando. Dijo palabras que Carlos no terminó de oír: “mujer”, “edad aproximada”, “confirmación policial”.
Y entonces apareció la fotografía.
Ana.