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El asesino

Cap. 6 — EL TRABAJO
El trabajo era el único lugar donde Carlos sabía exactamente qué se esperaba de él.
Llegaba siempre diez minutos antes. Dejaba la mochila en la taquilla. Se ponía los guantes con el mismo orden meticuloso de siempre. Cada gesto tenía una función clara. Nada quedaba al azar.
Ese día, sin embargo, el ambiente estaba distinto. No hostil. Nunca era abiertamente hostil. Era algo más sutil, más difícil de señalar.
Carlos lo notó en las miradas que se prolongaban medio segundo de más. En los silencios que se cerraban cuando él entraba en una sala. En las risas que parecían llegar tarde, como ecos.
Estaba arreglando una luminaria cuando oyó su nombre.
—Carlos.
No se giró de inmediato. Terminó de ajustar el tornillo, comprobó que la luz no parpadeaba y entonces bajó de la escalera.
—¿Sí?
Era uno de los compañeros, apoyado en una mesa, con los brazos cruzados.
—¿Tú no vivías con otro chaval? —preguntó.
Carlos asintió.
—Sí.
—¿Y ahora?
—Me he mudado.
—Ah.
El “ah” quedó suspendido, como si esperara algo más.
—¿Solo?
Carlos dudó una fracción de segundo.
—Comparto piso.
El compañero sonrió, ladeando la cabeza.
—¿Con una mujer, no?
Carlos sintió un calor incómodo en el cuello.
—Sí.
—Mira tú.
Otro compañero se acercó. Fingía revisar algo, pero estaba escuchando.
—Qué callado eres, ¿eh? —dijo el primero—. Nunca cuentas nada.
Carlos no respondió. No sabía qué parte debía contar.
—Oye —añadió el segundo—. ¿Y qué tal es?
—¿Quién?
—La vecina.
Carlos apretó los dientes.
—Normal.
Las risas llegaron suaves, como una ola pequeña.
—Normal dice —repitió uno—. Siempre tan discreto.
Carlos volvió a subir a la escalera sin decir nada más. Desde arriba, los escuchó murmurar. No palabras concretas. Tonos. Intenciones.