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El asesino

Cap. 5 — LA MUDANZA
La mudanza fue discreta, casi invisible.
Carlos metió sus cosas en dos bolsas grandes y una caja mediana. Antonio lo observó desde el marco de la puerta con una sensación incómoda: era demasiado poco para alguien que había vivido allí más de un año. Demasiado fácil de borrar.
—¿Seguro que no necesitas ayuda? —preguntó Antonio, más por educación que por convicción.
—No —respondió Carlos—. Es poco.
Antonio asintió. Esa respuesta lo tranquilizó. Confirmaba la idea de que Carlos no exigía nada, ni siquiera despedidas.
Cuando Carlos salió por la puerta, Antonio sintió un alivio inmediato. Después, una culpa leve. La culpa duró menos.
Ana le abrió con la misma expresión cansada de siempre. No había nervios en su rostro. Tampoco entusiasmo. Solo una aceptación práctica de la situación.
—Puedes dejar eso ahí —dijo, señalando el pasillo.
Carlos entró. El piso olía igual que la primera vez: jabón, ropa limpia, algo ligeramente dulce que no supo identificar. Un olor que no le pertenecía, y que por eso mismo le resultaba tranquilizador.
—La habitación es aquella —añadió Ana—. No es muy grande.
—Está bien.
Ana lo miró un segundo más de lo necesario. No había sospecha. Solo evaluación. Carlos parecía alguien que no iba a causar problemas. Y eso, para ella, era suficiente.
—Si necesitas algo… —empezó.
—No —interrumpió Carlos, enseguida—. Estoy bien.
Ana sonrió con una gratitud extraña. Como si le agradeciera no pedir nada.
Los primeros días fueron silenciosos.
Carlos salía temprano. Ana también. A veces coincidían en la cocina. Otras no se veían en todo el día. El piso funcionaba como una maquinaria bien ajustada: cada uno ocupaba su espacio sin invadir el del otro.