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El asesino

Cap. 3 — EL PADRE
La casa de Víctor estaba en las afueras, donde el asfalto se volvía irregular y las farolas parecían más viejas de lo que eran. Carlos siempre tenía la sensación de que el camino hasta allí no llevaba a un lugar, sino a un tiempo distinto. Uno en el que nada había terminado de pasar.
Aparcó frente a la valla oxidada y se quedó unos segundos dentro del coche, con las manos sobre el volante. El motor seguía encendido. Apagarlo significaba aceptar que había llegado.
Finalmente lo hizo.
La puerta se abrió antes de que llamara. Víctor estaba allí, apoyado en el marco, con una botella en la mano. No parecía sorprendido.
—Has tardado.
Carlos entró sin saludar. El olor lo golpeó de inmediato: alcohol viejo, polvo, humedad. Era un olor que no atacaba, que se quedaba. Como si la casa respirara despacio y exhalara derrota.
Víctor cerró la puerta y volvió al salón arrastrando los pies. Se sentó en su sillón de siempre. El respaldo estaba hundido en el centro, adaptado a su cuerpo como una huella permanente.
Carlos permaneció de pie.
—¿Quieres algo? —preguntó Víctor, levantando la botella.
Carlos negó con la cabeza.
—Nunca quieres nada —dijo Víctor, con una media sonrisa—. Siempre tan… correcto.
Carlos miró alrededor. Las mismas paredes. Las mismas manchas. La fotografía de su madre seguía sobre el aparador, ladeada. Víctor nunca la había quitado. Nunca la había enderezado tampoco.
—¿Para qué me has llamado? —preguntó Carlos.
Víctor bebió antes de responder.
—Porque hacía tiempo que no venías.
Carlos sintió el impulso de reír, pero se le quedó atrapado en la garganta.
—No tengo nada que decirte.
Víctor lo miró entonces con atención. No con rabia. No con tristeza. Con algo más calculado.
—Tu madre odiaba el silencio.