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El asesino

Cap. 2 — CARLOS
Carlos se despertó antes de que sonara el despertador, como casi siempre. No era disciplina. Era otra cosa. Un cuerpo que no terminaba de confiar en el sueño.
Abrió los ojos y se quedó quieto unos segundos, escuchando el piso. El edificio crujía con ese sonido viejo de tuberías y madera. Nada más. Ni voces, ni pasos. Antonio todavía dormía.
Carlos se incorporó despacio. Fue al baño, se lavó la cara y evitó el espejo. No era superstición. Era práctica. Cuando se miraba demasiado, se le aparecían preguntas. Y cuando aparecían preguntas, todo se volvía difícil.
Se vistió con ropa de trabajo, dobló la camiseta de recambio con una precisión que parecía exagerada y salió de la habitación. En la cocina, el olor del café recién hecho le llegó a la garganta como un recordatorio de rutina.
Puso la taza bajo la cafetera.
Esperó.
Antonio apareció en el marco de la puerta, descalzo, con el pelo revuelto. Se rascó la nuca y miró el reloj del microondas como si el tiempo fuera un insulto personal.
—¿Sales ya? —preguntó, con la voz todavía a medio camino.
Carlos asintió.
Antonio abrió la nevera, se quedó mirando dentro como si buscara una solución a la vida, y volvió a cerrarla.
—Hoy tengo turno tarde —dijo, sin que nadie se lo hubiera pedido.
Carlos asintió otra vez.
A veces pensaba que hablar era eso: colocar frases en el aire para que el silencio no se volviera hostil.
Antonio se sirvió agua y bebió de pie. Carlos terminó el café de un trago, se lavó la taza y la dejó secando con la misma precisión de siempre. Antes de salir, comprobó dos veces si llevaba las llaves.
No porque las perdiera.
Sino porque la idea de estar fuera sin poder entrar le apretaba el pecho.