Carlos despertó sin saber cuánto tiempo había pasado.
La habitación era pequeña. Sin ventanas. Una bombilla desnuda colgaba del techo, encendida día y noche, borrando cualquier noción de hora. Estaba sentado en una silla, con las manos atadas por delante, pero sin dolor. Sin sangre. Sin golpes.
Eso fue lo primero que le desconcertó.
Rick estaba sentado frente a él, apoyado contra la pared, leyendo algo en el móvil. Levantó la vista cuando Carlos se movió.
—Tranquilo —dijo—. No voy a hacerte daño.
Carlos tragó saliva.
—¿Dónde estoy?
—Seguro.
La palabra sonó mal colocada.
Rick se levantó y caminó despacio alrededor de él. No había violencia en sus movimientos. Había control.
—Necesito tiempo —continuó—. Para entenderte.
Carlos notó algo frío en el estómago.
—Yo ya le dije todo.
Rick negó con la cabeza.
—No. Dijiste palabras. Yo necesito coherencia.
Carlos cerró los ojos un segundo. Cuando los abrió, entendió algo esencial:
Rick no buscaba una confesión.
Buscaba una explicación que le permitiera seguir viviendo.
CAPÍTULO 11 — LOS DÍAS
El tiempo se volvió espeso.
Rick volvía cada día. Siempre a la misma hora —o eso parecía—. Le llevaba agua. Algo de comida. Le hablaba. A veces durante horas. A veces apenas unas frases.
Nunca lo tocó.
Eso, para Carlos, era peor que el dolor físico. La espera. La observación. La sensación de estar siendo estudiado como un objeto defectuoso.
—¿Por qué mirabas? —preguntaba Rick.
—Porque no sabía acercarme.
—¿Y por qué no te alejaste?
Carlos no tenía una respuesta clara.
—Porque mirar no parecía peligroso.
Rick asentía, como si aquello confirmara algo.
—¿Y cuándo empezó a serlo?
Carlos levantó la vista.
—Cuando alguien decidió que lo era.
Rick se quedaba en silencio entonces. Se iba sin despedirse.